POÉTICA DE BOLSILLO
APRENDIENDO
Cuando llegó a aquel país mirando al mar sintió que se la habian cambiado. Si alguna vez había tenido la idea de un lago, lo que estaba ante él justamente la representaba: Minúsculas y perezosas olas morían en una playa de arena gruesa mancillada por millares de huellas humanas y la ausente marea que tapizaba dos veces al día las playas de su tierra natal haciendo renacer el milagro de una virginidad. Comprendió que estaba en un mundo nuevo.
Por entonces no sabía nada del Mediterráneo y en su salvaje inocencia, lo comparaba con el Atlántico.
Años más tarde supo ver el amanecer sobre el mar, el vuelo matinal de las aves migratorias, las cañas de las marismas a contraluz y la serenidad matutina que no tenía el mar de su infancia, más que bravo, bronco.
Aprendió a amar las cualidades del Levante sin enfrentarlas a las del Poniente.
Aprendió a no comparar.
Incluso pudo experimentar que ese mar, al cual al principio le llamó despectivamente lago, podía ser tan taimado y digno de respeto como su Océano natal.
Más años después, entre llanuras de tierra y lejos del mar, volvió a sentir el respeto que exigen los paisajes que tanto le gustaban. Donde las lomas son olas, donde los barrancos son resacas violentas de la tierra que se parte, donde el silencio es tan impresionante como la puesta de un Sol, donde las montañas espantan a los mortales tanto como la mar arbolada. El planeta en fin, dotado de una longevidad extrema, ante la cual Palamedes Sousa se sentía una chispa, un encantamiento, una fábula, una ficción, un visitante atolondrado por la belleza sin ser parte de ella. Sintió que el Universo no le necesitaba.
Hubo pues un día en el que reconoció la enorme e implacable belleza que le rodeaba.
Así que desapareció como una chispa, protestando con un levísimo gemido.
lunes, 20 de diciembre de 2010
ACONTECIMIENTOS
TRON
Josep Lluis Soteras era alto y pelirrojo, excelente representante de la fisonomía celta, su gran altura, mayor que la mía, atraía el interés de las gaviotas por su aspecto de árbol acogedor, su barba rojiza ofrecía los nidos donde los besos familiares ponían sus frutos y su frente despejada ofrecía la luz de un día de primavera entreverada por las dudas que a todos nos acompañan. Sus pantalones en el 86, todavía eran de pana y sus labios rubicundos diseñados para palabras suaves. Sus ojos marinos no eran metálicos, desprendían inteligencia y sus manos, balanceándose como mariposas alrededor del cuerpo, claramente buscaban otras manos. Era tal y como me hubiera gustado ser.
Soteras y yo hacíamos un buen equipo de ventas en informática que aun no se llamaba así, avanzada. Nos apasionaba la tecnología y nos gustaba la ciencia-ficción y no digamos la cerveza. Vivía en el Maresme y tenía esposa y dos hijas de las cuales me hablaba constantemente. Yo vivía en Les Corts y tenía esposa y una hija y también le hablaba de ellas. Ëramos amigos sin saberlo y a mí me gustaba cogerlo del brazo.
Un día, a eso de las tres de la tarde, salimos de la empresa Camiones Ebro, ya desaparecida, en la Zona Franca y que intentaban usar el diseño en tres dimensiones gráficas para sus camiones. Nosotros les ofrecimos las prestaciones de un super-ordenador que Fujitsu había diseñado: Un Perking Elmer, nombre de un científico americano, que ejecutaba la por entonces enorme cantidad de diez millones de operaciones elementales por segundo. La empresa de Perking Elmer por aquellos días estaba fabricando también la gran lente del observatorio extraterreste satelital Hubble. Cierto es que el espejo salió con estrabismo y hubo que hacer un viaje espacial para corregirlo pero nos ha dado hasta ahora las mejores fotografías del universo profundo.
Al salir de Motor Ibérica, bastante contentos por nuestro trabajo, donde por cierto me golpeó duramente la cabeza la barrera del parking que bajaba justo cuando yo pasaba, atontado me quedé, pasamos por delante de un gran cine en la Zona Franca en el que proyectaban “TRON”. Los dos sabíamos que los efectos digitales de aquella película estaban hechos con un Perking Elmer 9600. Faltaban escasamente veinte minutos así que tomamos un bocadillo, dos cervezas y entramos.
Era el desgraciado año de 1986 y creo también que era Marzo.
Como técnicos que éramos nos gustaron mucho los efectos digitales y como cinéfilos tampoco supimos verle muchas carencias al argumento. Nos gustó.
Salimos del cine con afán propagandista: Andreu, Kim, Xavi tenian que verla. Nos confabulamos para ello.
Mientras yo estaba disfrutando profesionalmente, aquel año murió Tomás el catorce de Abril, también Pilar el dia diez de Mayo y Soteras el veintitrés de Julio de un tumor cerebral.
No fuí a su entierro. ¿Para qué?
Estos días de 2010 estrenan una nueva versión de TRON que dicen que es muy buena. ¿Quien vendrá conmigo a verla?.
TRON
Josep Lluis Soteras era alto y pelirrojo, excelente representante de la fisonomía celta, su gran altura, mayor que la mía, atraía el interés de las gaviotas por su aspecto de árbol acogedor, su barba rojiza ofrecía los nidos donde los besos familiares ponían sus frutos y su frente despejada ofrecía la luz de un día de primavera entreverada por las dudas que a todos nos acompañan. Sus pantalones en el 86, todavía eran de pana y sus labios rubicundos diseñados para palabras suaves. Sus ojos marinos no eran metálicos, desprendían inteligencia y sus manos, balanceándose como mariposas alrededor del cuerpo, claramente buscaban otras manos. Era tal y como me hubiera gustado ser.
Soteras y yo hacíamos un buen equipo de ventas en informática que aun no se llamaba así, avanzada. Nos apasionaba la tecnología y nos gustaba la ciencia-ficción y no digamos la cerveza. Vivía en el Maresme y tenía esposa y dos hijas de las cuales me hablaba constantemente. Yo vivía en Les Corts y tenía esposa y una hija y también le hablaba de ellas. Ëramos amigos sin saberlo y a mí me gustaba cogerlo del brazo.
Un día, a eso de las tres de la tarde, salimos de la empresa Camiones Ebro, ya desaparecida, en la Zona Franca y que intentaban usar el diseño en tres dimensiones gráficas para sus camiones. Nosotros les ofrecimos las prestaciones de un super-ordenador que Fujitsu había diseñado: Un Perking Elmer, nombre de un científico americano, que ejecutaba la por entonces enorme cantidad de diez millones de operaciones elementales por segundo. La empresa de Perking Elmer por aquellos días estaba fabricando también la gran lente del observatorio extraterreste satelital Hubble. Cierto es que el espejo salió con estrabismo y hubo que hacer un viaje espacial para corregirlo pero nos ha dado hasta ahora las mejores fotografías del universo profundo.
Al salir de Motor Ibérica, bastante contentos por nuestro trabajo, donde por cierto me golpeó duramente la cabeza la barrera del parking que bajaba justo cuando yo pasaba, atontado me quedé, pasamos por delante de un gran cine en la Zona Franca en el que proyectaban “TRON”. Los dos sabíamos que los efectos digitales de aquella película estaban hechos con un Perking Elmer 9600. Faltaban escasamente veinte minutos así que tomamos un bocadillo, dos cervezas y entramos.
Era el desgraciado año de 1986 y creo también que era Marzo.
Como técnicos que éramos nos gustaron mucho los efectos digitales y como cinéfilos tampoco supimos verle muchas carencias al argumento. Nos gustó.
Salimos del cine con afán propagandista: Andreu, Kim, Xavi tenian que verla. Nos confabulamos para ello.
Mientras yo estaba disfrutando profesionalmente, aquel año murió Tomás el catorce de Abril, también Pilar el dia diez de Mayo y Soteras el veintitrés de Julio de un tumor cerebral.
No fuí a su entierro. ¿Para qué?
Estos días de 2010 estrenan una nueva versión de TRON que dicen que es muy buena. ¿Quien vendrá conmigo a verla?.
jueves, 9 de diciembre de 2010
ACONTECIMIENTOS
REENTRÉ A LA CITÉ
Fue tan suave la penetración en la ciudad
que no sentí nada mientras iba entrando.
Los túneles eran demasiado anchos,
las pistas demasiado suaves,
el tráfico perfecto y la invitación clara
a entrar en algo tibio que ofrecía
la almibarada insistencia en mil rutinas
experimentadas durante décadas
en una ciudad que tenía nombre de mujer.
Veníamos del mar al cemento,
la autopista estaba despejada,
el asfalto perfecto,
la iluminación, anaranjada.
Sentí miedo mientras controlaba la máquina,
a una velocidad racional, limitada,
marcada la senda por reflectantes y señales
de dudosa eficacia mientras mi pié
me pedía más y más para acelerarla.
Entramos en la ciudad por una calle habitada
por el desencanto de las ausencias
que antes la habían proclamado
la calle de los desengaños, paralelas las luces,
paralelos nuestros años, la calle de las últimas ansias
y sus inventariados daños.
Sin decir Sésamo, apretando el botón correcto,
se abre la negra boca que nos digiere
y nos coloca en una casa donde habita
la incógnita del futuro, la esperanza fundada en el pasado
y la firme sensación de lo que debes hacer
con tu talento: Mentir diciendo la verdad.
Hemos llegado.
REENTRÉ A LA CITÉ
Fue tan suave la penetración en la ciudad
que no sentí nada mientras iba entrando.
Los túneles eran demasiado anchos,
las pistas demasiado suaves,
el tráfico perfecto y la invitación clara
a entrar en algo tibio que ofrecía
la almibarada insistencia en mil rutinas
experimentadas durante décadas
en una ciudad que tenía nombre de mujer.
Veníamos del mar al cemento,
la autopista estaba despejada,
el asfalto perfecto,
la iluminación, anaranjada.
Sentí miedo mientras controlaba la máquina,
a una velocidad racional, limitada,
marcada la senda por reflectantes y señales
de dudosa eficacia mientras mi pié
me pedía más y más para acelerarla.
Entramos en la ciudad por una calle habitada
por el desencanto de las ausencias
que antes la habían proclamado
la calle de los desengaños, paralelas las luces,
paralelos nuestros años, la calle de las últimas ansias
y sus inventariados daños.
Sin decir Sésamo, apretando el botón correcto,
se abre la negra boca que nos digiere
y nos coloca en una casa donde habita
la incógnita del futuro, la esperanza fundada en el pasado
y la firme sensación de lo que debes hacer
con tu talento: Mentir diciendo la verdad.
Hemos llegado.
lunes, 29 de noviembre de 2010
MICRORELATOS
PALAMEDES Y LA GENTE
Palamedes Sousa cuando pasea por su barrio se acuerda de la tierra donde nació. Una tierra donde, todavía hoy, dar limosna se juzga beatería, conciliar opiniones una deserción ética, afirmar las propias un insulto, donde todos están encastillados en su individualidad y exageran las corrientes mundiales que les empujan a una realidad de rostros con facciones no acostumbradas que suelen reflejar mucha tristeza y, cuando hablan, lo hacen con acentos o lenguas desconocidos.
“Es que no falan castelá ni galego. Sonrien demais. ¡E no pagan impostos!”, dicen de los chinos, por ejemplo.
Palamedes observa que habiéndose alejado de aquellas provincias, la capital cosmopolita en la que vive se está contagiando del mismo miedo.
A Palamedes Sousa le encantaría volver a pescar, cuando el mar era un reloj de puntuales presencias marinas, y sin embargo sabe que el mundo – abusado y explotado, con sus corrientes migratorias sin las cuales seríamos muchos menos y todos cerca de los Grandes Lagos, en la precesión orbital de sus sociedades que vuelven y vuelven al terror al Otro, en la oscuridad emocional que nos invade porque el relato ha sido substituido por la insania de la imagen y la tecnología - ha cambiado.
PALAMEDES Y LA GENTE
Palamedes Sousa cuando pasea por su barrio se acuerda de la tierra donde nació. Una tierra donde, todavía hoy, dar limosna se juzga beatería, conciliar opiniones una deserción ética, afirmar las propias un insulto, donde todos están encastillados en su individualidad y exageran las corrientes mundiales que les empujan a una realidad de rostros con facciones no acostumbradas que suelen reflejar mucha tristeza y, cuando hablan, lo hacen con acentos o lenguas desconocidos.
“Es que no falan castelá ni galego. Sonrien demais. ¡E no pagan impostos!”, dicen de los chinos, por ejemplo.
Palamedes observa que habiéndose alejado de aquellas provincias, la capital cosmopolita en la que vive se está contagiando del mismo miedo.
A Palamedes Sousa le encantaría volver a pescar, cuando el mar era un reloj de puntuales presencias marinas, y sin embargo sabe que el mundo – abusado y explotado, con sus corrientes migratorias sin las cuales seríamos muchos menos y todos cerca de los Grandes Lagos, en la precesión orbital de sus sociedades que vuelven y vuelven al terror al Otro, en la oscuridad emocional que nos invade porque el relato ha sido substituido por la insania de la imagen y la tecnología - ha cambiado.
viernes, 26 de noviembre de 2010
MICRORELATOS
PALAMEDES Y EL SUPER
Palamedes llevaba sus tres bolsas llenas del supermercado donde había adquirido aquello que le hacía ilusión preparar en la cocina . Unos cuatro kilos de viandas y dos botellas de buen vino blanco.
Un señor envejecido, que a Palamedes le resultó premonitorio, le extendió la mirada y la mano de manera insoslayable pidiéndole ayuda.
Palamedes se vió en aquella persona y le ofreció dos de las bolsas cargadas de alimentos ocultando en su oferta la de los vinos. Toma, le dijo, es todo lo que llevo. Mentía pero poco.
Palamedes volvió al supermercado a recomprar lo que había regalado.
Fué cuando en el chaleco, el reloj marcó la hora de su programa de radio favorito y subió corriendo a la casa intentando controlar las pulsaciones coronarias de sus arterias engalanadas por la nieves de sus años, fué - decimos - cuando sintió que se había portado bien. Y sus pulsaciones bajaron a un ritmo normal.
Palamedes Sousa, mientras cocinaba, bebía un vino blanco esmerilado.
Y ahí lo dejamos.
PALAMEDES Y EL SUPER
Palamedes llevaba sus tres bolsas llenas del supermercado donde había adquirido aquello que le hacía ilusión preparar en la cocina . Unos cuatro kilos de viandas y dos botellas de buen vino blanco.
Un señor envejecido, que a Palamedes le resultó premonitorio, le extendió la mirada y la mano de manera insoslayable pidiéndole ayuda.
Palamedes se vió en aquella persona y le ofreció dos de las bolsas cargadas de alimentos ocultando en su oferta la de los vinos. Toma, le dijo, es todo lo que llevo. Mentía pero poco.
Palamedes volvió al supermercado a recomprar lo que había regalado.
Fué cuando en el chaleco, el reloj marcó la hora de su programa de radio favorito y subió corriendo a la casa intentando controlar las pulsaciones coronarias de sus arterias engalanadas por la nieves de sus años, fué - decimos - cuando sintió que se había portado bien. Y sus pulsaciones bajaron a un ritmo normal.
Palamedes Sousa, mientras cocinaba, bebía un vino blanco esmerilado.
Y ahí lo dejamos.
lunes, 22 de noviembre de 2010
MICRORELATOS
PALAMEDES Y LAS MARIONETAS
Aquella tarde Palamedes Sousa bajó a la calle habiéndose asegurado que las luces y la puerta quedaban debidamente cerradas y que su reloj estuviese en hora.
Se dirigió a la rambla del barrio donde diversas sociedades estaban concelebrando un encuentro con casetas de frutos lejanos, aromas desconocidos, telas con estampados sutiles, músicas de tonalidades infrecuentes, infusiones bastante extrañas y algun teatrillo como aquel de marionetas iraníes donde una tela negra ofrecía a la imaginación de los niños espectantes la multiplicidad de paisajes lejanos en los que transcurría la vida de un profeta que siempre, siempre se equivocaba .
Al final de la obrita el profeta moría y el Rey de Persia lo acogía en su panteón familiar pués había conseguido que su pueblo aprendiera a manejar la duda, la incertidumbre.
Todos los niños aplaudieron y algún adulto también.
Palamedes Sousa se dijo: “Los hilos del destino hay que saber cortarlos a tiempo”. Y volvió a casa.
PALAMEDES Y LAS MARIONETAS
Aquella tarde Palamedes Sousa bajó a la calle habiéndose asegurado que las luces y la puerta quedaban debidamente cerradas y que su reloj estuviese en hora.
Se dirigió a la rambla del barrio donde diversas sociedades estaban concelebrando un encuentro con casetas de frutos lejanos, aromas desconocidos, telas con estampados sutiles, músicas de tonalidades infrecuentes, infusiones bastante extrañas y algun teatrillo como aquel de marionetas iraníes donde una tela negra ofrecía a la imaginación de los niños espectantes la multiplicidad de paisajes lejanos en los que transcurría la vida de un profeta que siempre, siempre se equivocaba .
Al final de la obrita el profeta moría y el Rey de Persia lo acogía en su panteón familiar pués había conseguido que su pueblo aprendiera a manejar la duda, la incertidumbre.
Todos los niños aplaudieron y algún adulto también.
Palamedes Sousa se dijo: “Los hilos del destino hay que saber cortarlos a tiempo”. Y volvió a casa.
lunes, 15 de noviembre de 2010
viernes, 5 de noviembre de 2010
MICRORELATOS
PALAMEDES Y EL RELOJ
Palamedes Sousa, cuyo reloj con cadena de plata residía en el chaleco amarillo que le había regalado su hija hacía tiempos inmemoriables, - ¿Tenía todavía una hija? - hechó mano de él y no lo encontró. Una importante taquicardia agitó su pecho. "Palamedes, el tiempo de ser tú mismo, se agotó", fue el canónico verso que le vino al pensamiento.
Tuvo la sensación de que algun Otro colonizaba su mente y le escondía el reloj pues hacía ya bastantes días que sus deseos, sus costumbres, sus anhelos emanaban desde una exterioridad que no era propiamente su percepción ancestral del mundo y le hacía admoniciones ingratas, como si pensara con la mente de ese Otro, ese Otro nuevo que le colonizaba como un hongo perverso sin pedir permiso para extenderse.
Palamedes pensó que estaba cambiando y la ausencia del reloj le avisaba de un nuevo e inusitado desprecio por el tiempo a pesar de su metódica conducta anterior. ¿Acaso el Otro era él mismo cambiado por sus nuevos miedos y la ausencia de antiguas esperanzas?.
Palamedes Sousa se sintió deshorientado al comprobar que, con la pérdida de su reloj y la presencia del Otro, tendría que apañárselas con nuevos métodos de superviviencia y convivir con aquellas voces que le reclamaban un nuevo comportamiento.
Ebrio de desconcierto tambaleó por el pasillo en busca de una salida. Sin reloj, sin su propio ser mismo, sin nadie, solo con aquellas voces desacostumbradas, salió a la calle en busca de un amigo nuevo o preferiblemente antíguo.
Habría de ser aquella noche una de las más largas y Palamedes lo sabía.
PALAMEDES Y EL RELOJ
Palamedes Sousa, cuyo reloj con cadena de plata residía en el chaleco amarillo que le había regalado su hija hacía tiempos inmemoriables, - ¿Tenía todavía una hija? - hechó mano de él y no lo encontró. Una importante taquicardia agitó su pecho. "Palamedes, el tiempo de ser tú mismo, se agotó", fue el canónico verso que le vino al pensamiento.
Tuvo la sensación de que algun Otro colonizaba su mente y le escondía el reloj pues hacía ya bastantes días que sus deseos, sus costumbres, sus anhelos emanaban desde una exterioridad que no era propiamente su percepción ancestral del mundo y le hacía admoniciones ingratas, como si pensara con la mente de ese Otro, ese Otro nuevo que le colonizaba como un hongo perverso sin pedir permiso para extenderse.
Palamedes pensó que estaba cambiando y la ausencia del reloj le avisaba de un nuevo e inusitado desprecio por el tiempo a pesar de su metódica conducta anterior. ¿Acaso el Otro era él mismo cambiado por sus nuevos miedos y la ausencia de antiguas esperanzas?.
Palamedes Sousa se sintió deshorientado al comprobar que, con la pérdida de su reloj y la presencia del Otro, tendría que apañárselas con nuevos métodos de superviviencia y convivir con aquellas voces que le reclamaban un nuevo comportamiento.
Ebrio de desconcierto tambaleó por el pasillo en busca de una salida. Sin reloj, sin su propio ser mismo, sin nadie, solo con aquellas voces desacostumbradas, salió a la calle en busca de un amigo nuevo o preferiblemente antíguo.
Habría de ser aquella noche una de las más largas y Palamedes lo sabía.
lunes, 25 de octubre de 2010
POÉTICA DE BOLSILLO
DUERMEVELA
Palamedes Sousa sintió los azotes que la Literatura le dió aquella noche del 24 de Octubre en la que no pudo dormir a causa de los transparentes y bellos párrafos que inundaban su duermevela. No era la primera vez que ocurría pero en esta ocasión tuvo que revolverse muchas veces entre las sábanas hasta aceptar que aquel látigo le sacaría de la cama y obedeciendo con pereza y un poquito de esperanza de gustarle a quien le despertaba se puso el pantalón de suave tela blanca para andar por casa y se acercó al teclado de un ordenador que sospechosamente, le esperaba en marcha.
Palamedes sabiendo que si estaba despierto a esas horas marginales era porque la Literatura le había espabilado el sueño, tenía el problema de hilvanar todas las fragmentarias ideas de las que estaba poseído. Centenares de ideas que podría expresar en pequeñas colecciones de versos pues por su experiencia sabía que le seria fácil hilvanarlos y sin embargo...¿Como podría darles la estructura de un relato extenso, conexo y atractivo? ¿Como detectaría el factor común de todas ellas? ¿Cual era el propósito de género de aquella Literatura que le mantenía despierto? ¿Autobiografía? ¿Crítica social? ¿Intriga? ¿Relato romántico? ¿Epístola?. Sabemos que Palamedes aun no lo sabe.
¿Qué Literatura le azota impidiéndole dormir? ¿Leer o escribir? ¿Pensar o vivir? ¿Narrar o escuchar?. Tambien sabemos que no lo sabe.
Considerando que ya había dado suficientes muestras de sumisión a la Señora Literatura, Palamedes Sousa puso sus dudas en blanco sobre blanco, donde nadie pudiera leerlas, y después de acaricar sus doloridas nalgas, cerró el ordenador y se acostó con la esperanza de no ser molestado hasta la noche siguiente. Pide poco.
DUERMEVELA
Palamedes Sousa sintió los azotes que la Literatura le dió aquella noche del 24 de Octubre en la que no pudo dormir a causa de los transparentes y bellos párrafos que inundaban su duermevela. No era la primera vez que ocurría pero en esta ocasión tuvo que revolverse muchas veces entre las sábanas hasta aceptar que aquel látigo le sacaría de la cama y obedeciendo con pereza y un poquito de esperanza de gustarle a quien le despertaba se puso el pantalón de suave tela blanca para andar por casa y se acercó al teclado de un ordenador que sospechosamente, le esperaba en marcha.
Palamedes sabiendo que si estaba despierto a esas horas marginales era porque la Literatura le había espabilado el sueño, tenía el problema de hilvanar todas las fragmentarias ideas de las que estaba poseído. Centenares de ideas que podría expresar en pequeñas colecciones de versos pues por su experiencia sabía que le seria fácil hilvanarlos y sin embargo...¿Como podría darles la estructura de un relato extenso, conexo y atractivo? ¿Como detectaría el factor común de todas ellas? ¿Cual era el propósito de género de aquella Literatura que le mantenía despierto? ¿Autobiografía? ¿Crítica social? ¿Intriga? ¿Relato romántico? ¿Epístola?. Sabemos que Palamedes aun no lo sabe.
¿Qué Literatura le azota impidiéndole dormir? ¿Leer o escribir? ¿Pensar o vivir? ¿Narrar o escuchar?. Tambien sabemos que no lo sabe.
Considerando que ya había dado suficientes muestras de sumisión a la Señora Literatura, Palamedes Sousa puso sus dudas en blanco sobre blanco, donde nadie pudiera leerlas, y después de acaricar sus doloridas nalgas, cerró el ordenador y se acostó con la esperanza de no ser molestado hasta la noche siguiente. Pide poco.
jueves, 7 de octubre de 2010
POÉTICA DE BOLSILLO
SI ACASO VALENCIA
Aquella ciudad en sus horas lunares
se ofrecía fértil de aventuras al pié de los pasos
que mi cuerpo daba en direcciones ignoradas,
alejándome todas de la perfecta habitación que me esperaba.
En el mapa de los territorios inexplorados de aquella ciudad
mis deseos paseaban más despiertos que yo mismo
y ella, acostumbrada a millones de seres tales como yo,
me seducía expertamente con sus neones de colores imposibles
y la melena húmeda de sus asfaltos negros
que desplegaba en calles llenas de futuros,
la muy puta.
Sentía el plomo de mis pasos, sentía el tambor de mi alma,
sentía la locura que me embargaba y también
la decisión de mirar cualquier mirada y escuchar cualquier palabra
y tocar lo que tocara.
La soledad debe ser algo así.
SI ACASO VALENCIA
Aquella ciudad en sus horas lunares
se ofrecía fértil de aventuras al pié de los pasos
que mi cuerpo daba en direcciones ignoradas,
alejándome todas de la perfecta habitación que me esperaba.
En el mapa de los territorios inexplorados de aquella ciudad
mis deseos paseaban más despiertos que yo mismo
y ella, acostumbrada a millones de seres tales como yo,
me seducía expertamente con sus neones de colores imposibles
y la melena húmeda de sus asfaltos negros
que desplegaba en calles llenas de futuros,
la muy puta.
Sentía el plomo de mis pasos, sentía el tambor de mi alma,
sentía la locura que me embargaba y también
la decisión de mirar cualquier mirada y escuchar cualquier palabra
y tocar lo que tocara.
La soledad debe ser algo así.
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